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lunes, 12 de octubre de 2015

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA de Gabriel García Márquez

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Gabriel García Márquez

  • Biografía
  •  
En la última década del siglo XIX, Rubén Darío dio a Hispanoamérica la independencia literaria al inaugurar la primera corriente poética autóctona, el Modernismo. Mediado el siglo XX, correspondió al colombiano Gabriel García Márquez situar la narrativa hispanoamericana en la primera línea de la literatura mundial con la publicación de Cien años de soledad (1967). Obra cumbre del llamado realismo mágico, la mítica fundación de Macondo por los Buendía y el devenir de la aldea y de la estirpe de los fundadores hasta su extinción constituye el núcleo de un relato maravillosamente mágico y poético, tanto por su desbordada fantasía como por el subyugante estilo de su autor, dotado como pocos de un prodigioso "don de contar".

Gabriel García Márquez
El mundo de Macondo, parábola y reflejo de la tortuosa historia de la América hispana, había sido esbozado previamente en una serie de novelas y colecciones de cuentos; después de Cien años de soledad, nuevas obras maestras jalonaron su trayectoria, reconocida con la concesión del Nobel de Literatura en 1982: basta recordar títulos como El otoño del patriarca (1975), Crónica de una muerte anunciada (1981) o El amor en los tiempos del cólera (1985). Como máximo representante del Boom de la literatura hispanoamericana de los años 60, García Márquez contribuyó decisivamente a la merecida proyección que finalmente alcanzó la narrativa del continente: el fenómeno editorial del Boom supuso, en efecto, el descubrimiento internacional de numerosos novelistas de altísimo nivel apenas conocidos fuera de sus respectivos países.
La infancia mítica
Gabriel García Márquez nació en Aracataca (Magdalena) el 6 de marzo de 1927. Creció como niño único entre sus abuelos maternos y sus tías, pues sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y Luisa Santiaga Márquez, se fueron a vivir, cuando el pequeño Gabriel contaba sólo cinco años, a la población de Sucre, en la que don Gabriel Eligio abrió una farmacia y Luisa Santiaga daría a luz a la mayoría de los once hijos del matrimonio.
Los abuelos de García Márquez eran dos personajes bien particulares y marcaron el periplo literario del futuro Nobel: el coronel Nicolás Márquez, veterano de la guerra de los Mil Días (1899-1902), le contaba a Gabriel infinidad de historias de su juventud y de las guerras civiles del siglo XIX, lo llevaba al circo y al cine, y fue su cordón umbilical con la historia y con la realidad. Doña Tranquilina Iguarán, su cegatona abuela, pasaba los días contando fábulas y leyendas familiares, mientras organizaba la vida de los miembros de la casa de acuerdo con los mensajes que recibía en sueños: ella fue la fuente de la visión mágica, supersticiosa y sobrenatural de la realidad. Entre sus tías, la que más lo marcó fue Francisca, quien tejió su propio sudario para dar fin a su vida.
Gabriel García Márquez aprendió a escribir a los cinco años, en el colegio Montessori de Aracataca, con la joven y bella profesora Rosa Elena Fergusson, de quien se enamoró: fue la primera mujer que lo perturbó. Cada vez que se le acercaba le daban ganas de besarla, y sólo por el hecho de verla iba con gusto a la escuela. Rosa Elena le inculcó la puntualidad y el hábito de escribir directamente en las cuartillas, sin borrador.

García Márquez (centro) con parte de sus hermanos (Aracataca, 1935)
En ese colegio permaneció hasta 1936, cuando murió el abuelo y tuvo que irse a vivir con sus padres al sabanero y fluvial puerto de Sucre. De allí pasó interno al Colegio San José de Barranquilla, donde a la edad de diez años ya escribía versos humorísticos. En 1940, gracias a una beca, ingresó en el internado del Liceo Nacional de Zipaquirá, una experiencia realmente traumática: el frío del internado de la Ciudad de la Sal lo ponía melancólico y triste. Embutido siempre en un enorme saco de lana, nunca sacaba las manos por fuera de sus mangas, pues le tenía pánico al frío.
Durante los seis cursos que pasó en el Liceo de Zipaquirá, hubo de recorrer al menos dos veces al año, en barco de vapor, el río Magdalena, principal arteria fluvial del país; esta experiencia, acaso la última remarcable, y sobre todo aquella asombrada primera infancia en Aracataca hasta los nueve años, con el incontenible aluvión de historias y leyendas oídas de sus abuelos y sus tías, configuran el substrato mítico del que García Márquez partiría para la composición de Cien años de soledad y la mayor parte de su obras.
En Zipaquirá tuvo como profesor de literatura, entre 1944 y 1946, a Carlos Julio Calderón Hermida, a quien en 1955, cuando publicó La hojarasca, le obsequió con la siguiente dedicatoria: "A mi profesor Carlos Julio Calderón Hermida, a quien se le metió en la cabeza esa vaina de que yo escribiera". Ocho meses antes de la entrega del Nobel, en la columna que publicaba en quince periódicos de todo el mundo, García Márquez declaró que Calderón Hermida era "el profesor ideal de Literatura".
En los años de estudiante en Zipaquirá, Gabriel García Márquez se dedicaba a pintar gatos, burros y rosas, y a hacer caricaturas del rector y demás compañeros de curso. En 1945 escribió unos sonetos y poemas octosílabos inspirados en una novia que tenía: son uno de los pocos intentos del escritor por versificar. En 1946 terminó sus estudios secundarios con magníficas calificaciones.
Estudiante de leyes
En 1947, presionado por sus padres, se trasladó a Bogotá para estudiar derecho en la Universidad Nacional, donde tuvo como profesor a Alfonso López Michelsen y se hizo amigo de Camilo Torres Restrepo. La capital del país fue para García Márquez la ciudad del mundo (y las conoció casi todas) que más lo impresionó, pues era una ciudad gris, fría, donde todo el mundo se vestía con ropa muy abrigada y negra. Al igual que en Zipaquirá, García Márquez se llegó a sentir como un extraño, en un país distinto al suyo: Bogotá era entonces "una ciudad colonial, (...) de gentes introvertidas y silenciosas, todo lo contrario al Caribe, en donde la gente sentía la presencia de otros seres fenomenales aunque éstos no estuvieran allí".
Los estudios de leyes no eran propiamente su pasión, pero logró consolidar su vocación de escritor. El 13 de septiembre de 1947 publicó su primer cuento, La tercera resignación, en el número 80 del suplemento Fin de Semana del rotativo El Espectador, dirigido por Eduardo Zalamea Borda. Zalamea, que firmaba sus columnas con el pseudónimo de Ulises, escribió en la presentación del relato que García Márquez era el nuevo genio de la literatura colombiana; las ilustraciones del texto estuvieron a cargo de Hernán Merino. A las pocas semanas apareció un segundo cuento: Eva está dentro de un gato.
El 9 de abril de 1948 fue asesinado el líder de la oposición, Jorge Eliecer Gaitán; los violentos desórdenes que ese mismo día asolaron la capital (en una jornada de revuelta conocida como el "Bogotazo") fueron la causa de que la Universidad Nacional cerrara indefinidamente sus puertas. García Márquez perdió muchos libros y manuscritos en el incendio de la pensión donde vivía y se vio obligado a pedir traslado a la Universidad de Cartagena, donde siguió siendo un alumno irregular. Nunca se graduó, pero inició una de sus principales actividades periodísticas: la de columnista. Manuel Zapata Olivella le consiguió una columna diaria en el recién fundado periódico El Universal.
El Grupo de Barranquilla
A principios de los años cuarenta comenzó a gestarse en Barranquilla una especie de asociación de amigos de la literatura que se llamó el Grupo de Barranquilla; su cabeza rectora era don Ramón Vinyes. El "sabio catalán", dueño de una librería en la que se vendía lo mejor de la literatura española, italiana, francesa e inglesa, orientaba al grupo en las lecturas, analizaba autores, desmontaba obras y las volvía a armar, lo que permitía descubrir los trucos de que se servían los novelistas. La otra cabeza era José Félix Fuenmayor, que proponía los temas y enseñaba a los jóvenes escritores en ciernes (Álvaro Cepeda Samudio, Alfonso Fuenmayor y Germán Vargas, entre otros) la manera de no caer en lo folclórico.
Gabriel García Márquez se vinculó a ese grupo. Al principio viajaba desde Cartagena a Barranquilla cada vez que podía. Luego, gracias a una neumonía que le obligó a recluirse en Sucre, cambió su trabajo en El Universal por una columna diaria en El Heraldo de Barranquilla, que apareció a partir de enero de 1950 bajo el encabezado de "La jirafa" y firmada por "Septimus".
En el periódico barranquillero trabajaban también Cepeda Samudio, Vargas y Fuenmayor. García Márquez escribía, leía y discutía todos los días con los tres redactores; el inseparable cuarteto se reunía a diario en la librería del "sabio catalán" o se iba a los cafés a beber cerveza y ron hasta altas horas de la madrugada. Polemizaban a grito herido sobre literatura, o sobre sus propios trabajos, que los cuatro leían. Hacían la disección de las obras de Defoe, Dos Passos, Camus, Virginia Woolf y William Faulkner, escritor este último de gran influencia en la literatura de ficción de América Latina y muy especialmente en la de García Márquez; en el famoso discurso "La soledad de América Latina", que pronunció con motivo de la entrega del premio Nobel en 1982, el colombiano señaló que William Faulkner había sido su maestro. Sin embargo, García Márquez nunca fue un crítico, ni un teórico literario, actividades que, además, no fueron de su predilección: siempre prefirió contar historias.

Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez
En la época del Grupo de Barranquilla, García Márquez leyó a los grandes escritores rusos, ingleses y norteamericanos, y perfeccionó su estilo directo de periodista, pero también, en compañía de sus tres inseparables amigos, analizó con cuidado el nuevo periodismo norteamericano. La vida de esos años fue de completo desenfreno y locura. Fueron los tiempos de La Cueva, un bar que pertenecía al dentista Eduardo Vila Fuenmayor y que se convirtió en el sitio mitológico en el que se reunían los miembros del Grupo de Barranquilla a hacer locuras: todo era posible allí, hasta las trompadas entre ellos mismos.
También fue la época en que vivía en pensiones de mala muerte, como El Rascacielos, un edificio de cuatro pisos ubicado en la calle del Crimen que alojaba también un prostíbulo. Muchas veces no tenía el peso con cincuenta para pasar la noche; entonces le daba al encargado sus mamotretos (los borradores de La hojarasca) y le decía: "Quédate con estos mamotretos, que valen más que la vida mía. Por la mañana te traigo plata y me los devuelves".
Los miembros del Grupo de Barranquilla fundaron un periódico de vida muy fugaz, Crónica, que según ellos sirvió para dar rienda suelta a sus inquietudes intelectuales. El director era Alfonso Fuenmayor, el jefe de redacción Gabriel García Márquez, el ilustrador Alejandro Obregón, y sus colaboradores fueron, entre otros, Julio Mario Santo Domingo, Meira del Mar, Benjamín Sarta, Juan B. Fernández y Gonzalo González.
Periodismo y literatura
A principios de 1950, cuando ya tenía muy adelantada su primera novela, titulada entonces La casa, acompañó a doña Luisa Santiaga al pequeño, caliente y polvoriento Aracataca, con el fin de vender la vieja casa en donde se había criado. Comprendió entonces que estaba escribiendo una novela falsa, pues su pueblo no era siquiera una sombra de lo que había conocido en su niñez; a la obra en curso le cambió el título por La hojarasca, y el pueblo ya no fue Aracataca, sino Macondo, en honor a los corpulentos árboles de la familia de las bombáceas, comunes en la región y semejantes a las ceibas, que alcanzan una altura de entre treinta y cuarenta metros.

En la redacción de Prensa Latina (Bogotá, 1959)
En febrero de 1954 García Márquez se integró en la redacción de El Espectador, donde inicialmente se convirtió en el primer columnista de cine del periodismo colombiano, y luego en brillante cronista y reportero. El año siguiente apareció en Bogotá el primer número de la revista Mito, bajo la dirección de Jorge Gaitán Durán.
La publicación duró sólo siete años, pero fueron suficientes, por la profunda influencia que ejerció en la vida cultural colombiana, para considerar que Mito señala el momento de la aparición de la modernidad en la historia intelectual del país, pues jugó un papel definitivo en la sociedad y en la cultura colombianas: desde un principio se ubicó en la contemporaneidad y en la cultura crítica. Gabriel García Márquez publicaría tres trabajos en la revista: un capítulo de La hojarasca, elMonólogo de Isabel viendo llover en Macondo (1955) y la novela breve El coronel no tiene quien le escriba (1958). En realidad, el escritor siempre ha considerado que Mito fue trascendental; en alguna ocasión dijo a Pedro Gómez Valderrama: "En Mito comenzaron las cosas".
En ese año de 1955, García Márquez ganó el primer premio en el concurso de la Asociación de Escritores y Artistas; publicó La hojarasca y un extenso reportaje por entregas, Relato de un náufrago, el cual fue censurado por el régimen del general Gustavo Rojas Pinilla. La dirección de El Espectador decidió que Gabriel García Márquez saliera del país rumbo a Ginebra, para cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes, y luego a Roma, donde aparentemente el papa Pío XII agonizaba. En la capital italiana asistió, por unas semanas, al Centro Sperimentale di Cinema.
Rondando por el mundo
Tres años estuvo ausente de Colombia. Vivió una larga temporada en París, y recorrió Polonia y Hungría, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y la Unión Soviética. Continuó como corresponsal de El Espectador, aunque en precarias condiciones, pues si bien escribió dos novelas, El coronel no tiene quien le escriba yLa mala hora, vivía pobre a morir, esperando el giro mensual que El Espectador debía enviarle pero que se demoraba debido a las dificultades del diario con el régimen de Rojas Pinilla. Esta situación se refleja en El coronel, donde se relata la desesperanza de un viejo oficial de la guerra de los Mil Días aguardando la carta que había de anunciarle la pensión de retiro a que tiene derecho. Cuando El Espectador fue clausurado por la dictadura, fue corresponsal de El Independiente, y colaboró también con la revista venezolana Élite y la colombianísima Cromos.
La estancia en Europa permitió a García Márquez ver América Latina desde otra perspectiva. Le señaló las diferencias entre los distintos países latinoamericanos, y tomó además mucho material para escribir cuentos acerca de los latinos que vivían en la Ciudad de la Luz. Aprendió a desconfiar de los intelectuales franceses, de sus abstracciones y esquemáticos juegos mentales, y se dio cuenta de que Europa era un continente viejo, en decadencia, mientras que América, y en especial Latinoamérica, era lo nuevo, la renovación, lo vivo.
A finales de 1957 fue vinculado a la revista Momento y viajó a Venezuela, donde pudo ser testigo de los últimos momentos de la dictadura del general Marcos Pérez Jiménez. En marzo de 1958 contrajo matrimonio en Barranquilla con Mercedes Barcha, unión de la que nacerían dos hijos: Rodrigo (1959), bautizado en la Clínica Palermo de Bogotá por Camilo Torres Restrepo, y Gonzalo (1962). Al poco tiempo de su matrimonio, de regreso a Venezuela, tuvo que dejar su cargo en Momento y asumir un extenuante trabajo en Venezuela Gráfica, sin dejar de colaborar ocasionalmente en Élite.

Con Mercedes Barcha y sus hijos
Pese a tener poco tiempo para escribir, su cuento Un día después del sábado fue premiado. En 1959 fue nombrado director de la recién creada agencia de noticias cubana Prensa Latina. En 1960 vivió seis meses en Cuba y al año siguiente fue trasladado a Nueva York, pero tuvo grandes problemas con los exiliados cubanos y finalmente renunció. Después de recorrer el sur de Estados Unidos se fue a vivir a México. No sobra decir que, luego de esa estadía en Estados Unidos, el gobierno norteamericano le denegó el visado de entrada, porque, según las autoridades, García Márquez estaba afiliado al partido comunista. Sólo en 1971, cuando la Universidad de Columbia le otorgó el título de doctor honoris causa, recibiría el autor un visado, aunque condicionado.
Recién llegado a México, donde García Márquez residiría muchos años de su vida, se dedicó a escribir guiones de cine y durante dos años (1961-1963) trabajó en las revistas La Familia y Sucesos, de las cuales fue director. De sus intentos cinematográficos el más exitoso fue El gallo de oro (1963), basado en el cuento homónimo escrito por Juan Rulfo, que García Márquez adaptó con el también escritor Carlos Fuentes. El año anterior había obtenido el premio Esso de Novela Colombiana con La mala hora (1962).
La consagración
Un día de 1966 en que se dirigía desde Ciudad de México al balneario de Acapulco, Gabriel García Márquez tuvo la repentina visión de la novela que había venido rumiando durante diecisiete años. Consideró que ya la tenía madura, se sentó a la máquina de escribir y trabajó ocho y más horas diarias durante dieciocho meses seguidos, mientras que su esposa se ocupaba del sostenimiento de la casa.
En 1967 apareció Cien años de soledad, novela cuyo universo es una sucesión de historias fantásticas perfectamente hilvanadas en un tiempo cíclico y mítico: pestes de insomnio, diluvios, fertilidad desmedida, levitaciones... Es una gran metáfora en la que, a la vez que se narra la historia de las generaciones de los Buendía en el mundo mágico de Macondo, desde la fundación del pueblo hasta la completa extinción de la estirpe, se refleja de manera hiperbólica e insuperable la historia colombiana desde los tiempos de la independencia hasta los años treinta del siglo XX.
Cien años de soledad mereció este juicio del gran poeta chileno Pablo Neruda: "Es la mejor novela que se ha escrito en castellano después del Quijote". Con tan calificado concepto se ha dicho todo: la novela no sólo es la opus magnum de García Márquez, sino que constituyó un hito en la historia literaria de Latinoamérica al ser señalada como una de las mejores realizaciones narrativas de todos los tiempos. El éxito entre el público acompañó esta valoración: figura entre los libros que más traducciones tiene (cuarenta idiomas por lo menos) y que mayores ventas ha logrado, alcanzando las cifras de un verdadero best seller mundial.

Gabo en los tiempos de Cien años (Barcelona, 1969)
El éxito de Cien años de soledad situó a García Márquez en la primera línea delBoom de la literatura hispanoamericana y supuso el espaldarazo definitivo para aquel fenómeno editorial que, desde principios de los 60, estaba dando a conocer al mundo la obra de los nuevos y no tan nuevos narradores del continente: los argentinos Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, el peruano Mario Vargas Llosa y los mexicanos Juan Rulfo y Carlos Fuentes, entre otras figuras. Tras el aplauso unánime del público y de la crítica, García Márquez se estableció en Barcelona y pasó temporadas en Bogotá, México, Cartagena y La Habana.
Durante las siguientes décadas escribiría cinco novelas más y se publicarían tres volúmenes de cuentos y dos relatos, así como importantes recopilaciones de su producción periodística y narrativa. De los quince años que mediaron hasta la concesión del Nobel cabe destacar la colección de cuentos La increíble y triste historia de la Cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1973), la novela "de dictador" El otoño del patriarca (1975), tema recurrente en la tradición hispanoamericana, y un nuevo prodigio de perfección constructiva y narrativa basado en un suceso real y alejado del realismo mágico: la Crónica de una muerte anunciada (1981), considerada por muchos su segunda obra maestra.
Varios elementos marcan ese periplo: se profesionalizó como escritor literario, y sólo después de casi veintitrés años reanudó sus colaboraciones en El Espectador. En 1985 cambió la máquina de escribir por el computador. Su esposa Mercedes Barcha siempre colocaba un ramo de rosas amarillas en su mesa de trabajo, flores que García Márquez consideraba de buena suerte. Un vigilante autorretrato deAlejandro Obregón, que el pintor le regaló, presidía su estudio; en una noche de locos, el artista lo había atravesado con cinco tiros del calibre 38 para zanjar una disputa entre sus hijos sobre quién lo heredaría. Finalmente, dos de sus compañeros periodísticos, Álvaro Cepeda Samudio y Germán Vargas Cantillo, murieron, cumpliendo cierta predicción escrita en Cien años de soledad.
Premio Nobel de Literatura
En la madrugada del 21 de octubre de 1982, García Márquez recibió una noticia que hacía ya tiempo que esperaba por esas fechas: la Academia Sueca acababa de otorgarle el ansiado premio Nobel de Literatura. Se hallaba entonces exiliado en México, pues el 26 de marzo de 1981 se había visto obligado a salir de Colombia para eludir su captura; el ejército colombiano quería detenerlo por una supuesta vinculación con el movimiento M-19 y porque durante cinco años había mantenido la revista Alternativa, de corte socialista.
La concesión del Nobel fue todo un acontecimiento cultural en Colombia y en Latinoamérica. El escritor Juan Rulfo opinó: "Por primera vez después de muchos años se ha dado un premio de literatura justo". La ceremonia de entrega del Nobel se celebró en Estocolmo los días 8, 9 y 10 de diciembre; según se supo después, disputó el galardón con el novelista británico Graham Greene y el alemán Günter Grass.

En la entrega del Nobel (1982)
Dos actos confirmaron el profundo sentimiento latinoamericano de García Márquez. A la entrega del premio fue vestido con un clásico e impecable liquilique de lino blanco, por ser el traje que usó su abuelo y que usaban los coroneles de las guerras civiles, y que seguía siendo de etiqueta en el Caribe continental. Y con el discurso "La soledad de América Latina" (leído el miércoles 8 de diciembre de 1982 ante la Academia Sueca en pleno y cuatrocientos invitados y traducido simultáneamente a ocho idiomas), intentó romper los moldes o frases gastadas con que tradicionalmente Europa se ha referido a Latinoamérica, y denunció la falta de atención de las superpotencias hacia el continente.
El flamante Nobel dio a entender cómo los europeos se han equivocado en su posición frente a las Américas, quedándose tan sólo con la carga de maravilla y magia que se ha asociado siempre a esta parte del mundo, y sugirió cambiar ese punto de vista mediante la creación de una nueva y gran utopía, la vida, que es a su vez la respuesta de Latinoamérica a su propia trayectoria de muerte. El discurso es una pieza literaria de elevado estilo y de hondo contenido americanista, una hermosa manifestación de su personalidad nacionalista, de su fe en los destinos del continente y de sus pueblos. Confirmó asimismo su compromiso con Latinoamérica, convencido desde siempre de que el subdesarrollo afecta a todos los elementos de la vida latinoamericana; los escritores de esta parte del mundo deben, por consiguiente, estar comprometidos con la realidad social total.
Con motivo de la entrega del Nobel, el gobierno colombiano, presidido por Belisario Betancur, programó una vistosa presentación folclórica en Estocolmo. Presentó además una emisión de sellos con la efigie de García Márquez dibujada por el pintor Juan Antonio Roda, con diseño de Dickens Castro y texto de Guillermo Angulo, a propósito de la cual el escritor colombiano expresó: "El sueño de mi vida es que esta estampilla sólo lleve cartas de amor".
Últimos años
Desde que se conoció la noticia de la obtención del premio, el asedio de periodistas y medios de comunicación fue permanente y los compromisos se multiplicaron. Finalmente, en marzo de 1983, Gabo regresó a Colombia. En Cartagena lo esperaba su madre, doña Luisa Santiaga Márquez de García, en su casa del Callejón de Santa Clara, en el tradicional barrio de Manga, con un suculento sancocho de tres carnes (salada, cerdo y gallina) y abundante dulce de guayaba.

Gabriel García Márquez
Después del Nobel, García Márquez se ratificó como figura rectora de la cultura nacional, latinoamericana y mundial. Sus conceptos sobre diferentes temas ejercieron fuerte influencia. Durante el gobierno de César Gaviria Trujillo (1990-1994), junto con otros sabios como Manuel Elkin Patarroyo, Rodolfo Llinás y el historiador Marco Palacios, formó parte de la comisión encargada de diseñar una estrategia nacional para la ciencia, la investigación y la cultura. Pero acaso una de sus más valientes actitudes fue el apoyo permanente a la revolución cubana y a Fidel Castro, la defensa del régimen socialista impuesto en la isla y su rechazo al bloqueo norteamericano, que sirvió para que otros países apoyasen de alguna manera a Cuba y evitó mayores intervenciones de los estadounidenses.
En el terreno literario, apenas tres años después del Nobel publicó otra de sus mejores novelas, El amor en los tiempos del cólera (1985), extraordinaria y dilatadísima historia de amor que tuvo una tirada inicial de 750.000 ejemplares. Deben destacarse asimismo la novela histórica El general en su laberinto (1989), sobre el libertador Simón Bolívar, y los relatos breves reunidos en Doce cuentos peregrinos (1992). Tras algunos años de silencio, en 2002 García Márquez presentó la primera parte de sus memorias, Vivir para contarla, en la que repasa los primeros treinta años de su vida. La publicación de esta obra supuso un magno acontecimiento editorial, con el lanzamiento simultáneo de la primera edición (un millón de ejemplares) en todos los países hispanohablantes.
En 2004 vio la luz la que iba a ser su última novela, Memorias de mis putas tristes; en 2007 recibió sentidos y multitudinarios homenajes por triple motivo: sus 80 años, el cuadragésimo aniversario de la publicación de Cien años de soledad y el vigésimo quinto de la concesión del Nobel. Falleció el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México, tras de una recaída en el cáncer linfático por el que ya había sido tratado en 1999.

sábado, 6 de junio de 2015

El hombre que me ame

I

El hombre que me ame
deberá saber descorrer las cortinas de la piel,
encontrar la profundidad de mis ojos
y conocer la que anida en mi,
la golondrina
transparente de la ternura.

II

El hombre que me ame
no querrá poseerme como una mercancía,
ni exhibirme como un trofeo de caza,
sabrá estar a mi lado
con el mismo amor
con que yo estaré al lado suyo.

III

El amor del hombre que me ame
será fuerte como los árboles de ceibo,
protector y seguro como ellos,
limpio como una mañana de diciembre.

IV

El hombre que me ame
no dudara de mi sonrisa
ni temerá la abundancia de mi pelo
respetara la tristeza, el silencio
y con caricias tocara mi vientre como guitarra
para que brote música y alegría
desde el fondo de mi cuerpo.

V

El hombre que me ame
podrá encontrar en mi
la hamaca para descansar
el pesado fardo de sus preocupaciones
la amiga con quien compartir sus íntimos secretos,
el lago donde flotar
sin miedo de que el ancla del compromiso
le impida volar cuando se le ocurra ser pájaro.

VI

El hombre que me ame
hará poesía con nuestra vida,
construyendo cada día
con la mirada puesta en el futuro.

VII

El hombre que me ame
reconocerá mi rostro en trinchera
rodilla en tierra me amara
mientras los dos disparamos juntos
contra el enemigo.

VIII

El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del
enamoramiento
en una plaza publica llena de multitudes
podrá gritar: te amo..
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el mas hermoso y humano de los sentimientos.

IX

El amor de mi hombre
no querrá rotularme o etiquetarme,
me dará aire, espacio,
alimento para crecer y ser mejor,
como una Revolución
que hace de cada día
el comienzo de una nueva victoria.

X

Y yo a cambio le daré a mi hombre
reposo, en sus guerras,
y en sus marejadas, calma..
le pondré sonrisas a sus enfados
y mi regazo será su cuna en sus silencios..
seré siempre su escalera firme,
cuando quiera subir al paraíso,
y no podrá jamás contar mis besos
porque serán eternos en mis labios
para él.

***

Gioconda Belli

jueves, 3 de julio de 2014

ISAAC ASIMOV

  (Sally, 1953)  
Sally bajaba por la carretera que conducía al lago, de modo que le hice una seña con la mano y la llamé por su nombre. Siempre me ha gustado ver a Sally. Me gustan todos, entiendan, pero Sally es la más hermosa del lote. Indiscutiblemente. Aceleró un poco cuando le hice la seña con la mano. Nada excesivo. Nunca perdía su dignidad. Tan sólo aceleraba lo suficiente como para indicarme que se alegraba de verme, nada más. Me volví hacia el hombre que estaba de pie a mi lado. –Es Sally –dije. Me sonrió y asintió con la cabeza. Lo había traído la señora Hester. Me había dicho: –Se trata del señor Gellhorn, Jake. Recordarás que te envió una carta pidiéndote una cita. Puro formulismo, realmente. Tengo un millón de cosas que hacer con la Granja, y una de las cosas en las que no puedo perder el tiempo es precisamente el correo. Por eso tengo a la señora Hester. Vive muy cerca, es buena atendiendo a todas las tonterías sin molestarme con ellas, y lo más importante de todo, le gustan Sally y todos los demás. Hay gente a la que no. –Encantado de conocerle, señor Gellhorn –dije. –Raymond J. Gellhorn –dijo, y me tendió la mano; se la estreché y se la devolví. Era un tipo más bien corpulento, media cabeza más alto que yo y casi lo mismo de ancho. Tendría la mitad de mi edad, unos treinta y algo. Su pelo era negro, pegado a la cabeza, con la raya en el centro, y exhibía un fino bigotito muy bien recortado. Sus mandíbulas se engrosaban debajo de sus orejas y le daban un aspecto como si siempre estuviera mascullando... En vídeo daba el tipo ideal para representar el papel de villano, de modo que supuse que era un tipo agradable. Lo cual demuestra que el vídeo no siempre se equivoca. –Soy Jacob Folkers –dije–. ¿Qué puedo hacer por usted? Sonrió. Era una sonrisa grande y amplia, llena de blancos dientes. –Puede hablarme un poco de su Granja, si no le importa. Oí a Sally llegar detrás de mí y tendí la mano. Ella se deslizó hasta establecer contacto, y sentí el duro y lustroso esmalte de su guardabarros cálido en mi palma. –Un hermoso automatóvil –dijo Gellhorn. Es una forma de decirlo. Sally era un convertible del 2045 con un motor positrónico Hennis-Carleton y un chasis Armat. Poseía las líneas más suaves y elegantes que haya visto nunca en ningún modelo, sea el que sea. Durante cinco años ha sido mi favorita, y la he dotado de todo lo que he podido llegar a soñar. Durante todo ese tiempo, nunca ha habido ningún ser humano sentado tras su volante. Ni una sola vez. –Sally –dije, palmeándola suavemente–, te presento al señor Gellhorn. El rumor de los cilindros de Sally ascendió ligeramente. Escuché con atención en busca de algún golpeteo. Últimamente había oído golpetear los motores de casi todos los coches, y cambiar de combustible no había servido de nada. El sonido de Sally era tan suave y uniforme como su pintura. – ¿Tiene nombres para todos sus vehículos? –preguntó Gellhorn. Sonaba divertido, y a la señora Hester no le gusta la gente que parece burlarse de la Granja. Dijo secamente: –Por supuesto. Los coches tienen auténticas personalidades, ¿no es así, Jake? Los sedanes son todos masculinos, y los convertibles femeninos. Gellhorn seguía sonriendo. – ¿Y los mantienen ustedes en garajes separados, señora? La señora Hester le lanzó una llameante mirada.

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–Me pregunto si podría hablar con usted a solas, señor Folkers –dijo Gellhorn, volviéndose hacia mí. –Eso depende –dije–. ¿Es usted periodista? –No, señor. Soy agente de ventas. Cualquier conversación que sostengamos aquí no será publicada, se lo aseguro. Estoy interesado en una absoluta intimidad. –Entonces sigamos un poco carretera abajo. Hay un banco que nos servirá. Echamos a andar. La señora Hester se alejó. Sally se pegó a nuestros talones. – ¿Le importa que Sally venga con nosotros? –pregunté. –En absoluto. Ella no puede repetir nada de lo que hablemos, ¿verdad? –Se echó a reír ante su propio chiste, tendió una mano y acarició la parrilla de Sally. Sally embaló su motor y Gellhorn retiró rápidamente la mano. –No está acostumbrada a los desconocidos –expliqué. Nos sentamos en el banco debajo del enorme roble, desde donde podíamos ver a través del pequeño lago la carretera privada. Era el momento más caluroso del día, y un buen número de coches habían salido, al menos una treintena de ellos. Incluso a aquella distancia podía ver que Jeremiah se estaba dedicando a su juego favorito de situarse detrás de un modelo algo más antiguo, luego acelerar bruscamente y adelantarlo con gran ruido, para recuperar luego su velocidad normal con un deliberado chirrido de frenos. Dos semanas antes había conseguido sacar al viejo Angus de la carretera con este truco, y había tenido que castigarlo desconectando su motor durante dos días. Lo cual me temo que no sirvió nada, puesto que al parecer su caso es irremediable. Jeremiah es un modelo deportivo, y los de su clase tienen la sangre caliente. –Bien, señor Gellhorn –dije–. ¿Puede decirme para qué desea usted la información? Pero él estaba simplemente mirando a su alrededor. Dijo: –Éste es un lugar sorprendente, señor Folkers. –Preferiría que me llamara Jake. Todo el mundo lo hace. –De acuerdo, Jake. ¿Cuántos coches tiene usted aquí? –Cincuenta y uno. Recogemos uno o dos cada año. Hubo un año que recogimos cinco. Todavía no hemos perdido ninguno. Todos funcionan perfectamente. Incluso tenemos un modelo Mat-O-Mot del 2015 en perfecto estado de marcha. Uno de los primeros automáticos. Fue el primero que acogimos aquí. El buen viejo Matthew. Ahora se pasaba casi todo el tiempo en el garaje, pero era el abuelo de todos los coches con motor positrónico. Eran los días en los que tan sólo los veteranos de guerra ciegos, los parapléjicos y los jefes de estado conducían vehículos automáticos. Pero Samson Harridge era mi jefe y era lo bastante rico como para permitirse uno. Yo era su chofer por aquel entonces. Aquel pensamiento me hizo sentirme viejo. Puedo recordar los tiempos en los que no había en el mundo ningún automóvil con cerebro suficiente como para encontrar su camino de vuelta a casa. Yo conducía máquinas inertes que necesitaban constantemente el contacto de unas manos humanas sobre sus controles. Máquinas que cada año mataban a centenares de miles de personas. Los automatismos arreglaron eso. Un cerebro positrónico puede reaccionar mucho más rápido que uno humano, por supuesto, y a la gente le salía rentable mantener las manos fuera de los controles. Todo lo que tenías que hacer era entrar, teclear tu destino y dejar que el coche te llevara. Hoy en día damos esto por sentado, pero recuerdo cuando fueron dictadas las primeras leyes obligando a los viejos coches a mantenerse fuera de las carreteras principales y limitando éstas a los automáticos. Señor, vaya lío. Se alzaron voces hablando de comunismo y de fascismo, pero las carreteras principales se vaciaron y eso detuvo las muertes, y cada vez más gente empezó a utilizar con mayor facilidad la nueva ruta. Por supuesto, los coches automáticos eran de diez a cien veces más caros que los de conducción manual, y no había mucha gente que pudiera permitirse un vehículo particular de esas características. La industria se especializó en la construcción de omnibuses automáticos. En cualquier momento podías llamar a una compañía y conseguir que uno de esos vehículos se detuviera ante tu puerta en cuestión de unos pocos

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minutos y te llevara al lugar donde deseabas ir. Normalmente tenías que ir junto con otras personas que llevaban tu mismo camino, pero ¿qué había de malo en ello? Samson Harridge tenía su coche privado, sin embargo, y yo fui el encargado de ir a buscarlo apenas llegó. El coche no se llamaba Matthew por aquel entonces, ni yo sabía que un día iba a convertirse en el decano de la Granja. Solamente sabía que iba a hacerse cargo de mi trabajo, y lo odié por ello. – ¿Ya no me necesitará usted más, señor Harridge? –pregunté. – ¿Qué tonterías estás diciendo, Jake? –dijo él–. Supongo que no creerás que voy a confiar en un artefacto como ése. Tú seguirás a los controles. –Pero él trabaja solo, señor Harridge –dije–. Rastrea la carretera, reacciona de acuerdo con los obstáculos, seres humanos, y otros coches, y recuerda los caminos por los que ha de pasar. –Eso es lo que dicen. Eso es lo que dicen. De todos modos, tú vas a sentarte detrás del volante, por si acaso algo va mal. Es curioso cómo a uno puede llegar a gustarle un coche. En un abrir y cerrar de ojos ya estaba llamándole Matthew, y me pasaba todo el tiempo puliendo su carrocería y comprobando su motor. Un cerebro positrónico está en mejores condiciones cuando mantiene constantemente el control de su chasis, lo cual significa que vale la pena tener el depósito del combustible siempre lleno de modo que el motor pueda funcionar al ralentí día y noche. Al cabo de poco, era capaz de decir por el sonido de su motor cómo se sentía Matthew. A su manera, Harridge empezó a encariñarse también con Matthew. No tenía a nadie más a quien amar. Se había divorciado o había sobrevivido a tres esposas, y había sobrevivido a cinco hijos y tres nietos. De modo que cuando murió, no resultó sorprendente que convirtiera su propiedad en una Granja para Automóviles Retirados, dejándome a mí a cargo de todo, con Matthew como primer miembro de una distinguida estirpe. Así se transformó mi vida. Nunca me casé. No puedes casarte y seguir atendiendo a los automatismos del modo en que debes hacerlo. Los periódicos dijeron que se trataba de algo curioso, pero al cabo de un tiempo dejaron de hacer chistes sobre ello. Hay algunas cosas sobre las que no pueden hacerse chistes. Quizás ustedes no puedan permitirse nunca uno de esos automatismos y quizá nunca lo deseen tampoco, pero créanme, uno termina enamorándose de ellos. Trabajan duro y son afectuosos. Se necesita a un hombre sin corazón para tratarlos mal o permitir que otro los maltrate. Las cosas fueron sucediéndose de tal modo que un hombre que tenía uno de esos automáticos durante un tiempo hacía los arreglos necesarios para que éste fuera a parar a la Granja, si no tenía ningún heredero en quien pudiera confiar para dejárselo con la seguridad de que iba a recibir un buen trato. Le expliqué todo eso a Gellhorn. – ¡Cincuenta y un coches! –exclamó–. Eso representa un montón de dinero. –Cincuenta mil como mínimo por automático, inversión original –dije–. Ahora valen mucho más. He hecho cosas por ellos. –Debe de necesitarse un montón de dinero para mantener la Granja. –Tiene usted razón. La Granja es una organización benéfica, lo cual nos libera de impuestos, y por supuesto cada nuevo automático trae normalmente consigo una donación paralela o un fondo de mantenimiento. De todos modos, los costos siguen aumentando. Tengo que mantener la propiedad en buen estado; hay que construir nuevo asfalto, y conservar el viejo; están la gasolina, el aceite, las reparaciones y los nuevos accesorios. Todo eso sube. –Y usted le ha consagrado mucho tiempo. –Cierto, señor Gellhorn. Treinta y tres años. –No parece haberle sacado mucho provecho a todo ello. – ¿De veras? Me sorprende, señor Gellhorn. Tengo a Sally y a otros cincuenta. Mírela. Estaba sonriendo. No podía evitarlo. Sally relucía tan limpia que casi hacía daño a los ojos. Algún insecto debía de haberse estrellado contra su parabrisas o se había posado alguna mota de polvo, ya que en

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aquellos momentos estaba atareada en su limpieza. Un pequeño tubo emergió y escupió un poco de Tergosol sobre el cristal. Se esparció rápidamente sobre la película de silicona y las escobillas de goma entraron instantáneamente en acción, barriendo todo el parabrisas y empujando el agua hacia el pequeño canalón que la conduciría, goteando, hasta el suelo. Ni una gotita de agua cayó sobre la resplandeciente capota color verde manzana. Escobillas y tubo de detergente retrocedieron hasta sus alvéolos y desaparecieron. –Nunca vi a un automático hacer eso –dijo Gellhorn. –Apuesto a que no –dije–. Yo mismo se lo he instalado a nuestros coches. Son limpios, ¿sabe? Siempre están repasando sus cristales. Les gusta. Incluso he dotado a Sally con rociadores de cera. Cada noche se abrillanta hasta que uno puede mirarse en cualquier parte de ella y afeitarse con su reflejo. Si puedo conseguir el dinero suficiente, dotaré con ese dispositivo a todas las chicas. Los convertibles son muy coquetos. –Puedo decirle cómo conseguir ese dinero, si le interesa. –Eso siempre me interesa. ¿Cómo? – ¿No le resulta evidente, Jake? Cualquiera de sus coches vale cincuenta mil como mínimo, dijo usted. Apostaría a que la mayoría de ellos supera las seis cifras. – ¿Y? – ¿Ha pensado alguna vez en vender algunos? Negué con la cabeza. –Imagino que usted no se da cuenta de ello, señor Gellhorn, pero no puedo vender ninguno. Pertenecen a la Granja, no a mí. –El dinero iría a parar a la Granja. –Los documentos de constitución de la Granja indican que los coches recibirán atención a perpetuidad. No pueden ser vendidos. – ¿Qué hay de los motores, entonces? –No le comprendo. Gellhorn cambió de postura, y su voz se hizo confidencial. –Mire, Jake, déjeme explicarle la situación. Hay un gran mercado para automáticos particulares si tan sólo sus precios fueran asequibles. ¿Correcto? –Eso no es ningún secreto. –Y el noventa y cinco por ciento del coste corresponde al motor. ¿Correcto? Sé dónde podemos conseguir carrocerías. Se también dónde podernos vender automáticos a buen precio..., veinte o treinta mil para los modelos más baratos, quizá cincuenta o sesenta para los mejores. Todo lo que necesito son los motores. ¿Ve usted la solución? –No, señor Gellhorn. La veía, pero deseaba que él la dijera. –Está exactamente aquí. Tiene usted cincuenta y uno de ellos. Es usted un experto en mecánica automatóvil, Jake. Tiene que serlo. Puede quitar usted un motor y colocarlo en otro coche de modo que nadie se dé cuenta de la diferencia. –Eso no sería ético precisamente. –No causaría usted ningún daño a los coches. Les estaría haciendo un favor. Utilice sus coches más viejos. Utilice ese antiguo Mat-O-Mot. –Bueno, espere un momento, señor Gellhorn. Los motores y las carrocerías no constituyen dos cuerpos separados. Forman una sola unidad. Esos motores están acostumbrados a sus propias carrocerías. No se sentirían felices en otro coche. –De acuerdo, eso es algo a tener en cuenta. Es algo a tener muy en cuenta, Jake. Sería algo así como tomar la mente de uno y meterla en el cráneo de otra persona. ¿Correcto? Supongo que no le gustaría, ¿verdad? –No lo creo, no.

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–Pero supongamos que yo tomo su mente y la coloco en el cuerpo de un joven atleta. ¿Qué opinaría de eso, Jake? Usted ya no es joven. Si tuviera la oportunidad, ¿no disfrutaría teniendo de nuevo veinte años? Eso es lo que estoy ofreciéndoles a algunos de sus motores positrónicos. Serán instalados en nuevas carrocerías del cincuenta y siete. Las más recientes... Me eché a reír. –Eso no tiene mucho sentido, señor Gellhorn. Algunos de nuestros coches puede que sean viejos, pero están bien conservados. Nadie los conduce. Dejamos que hagan lo que quieran. Están retirados, señor Gellhorn. Yo no desearía un cuerpo de veinte años si eso significara que iba a tener que pasarme el resto de mi vida cavando zanjas sin tener nunca lo suficiente para comer... ¿Qué piensas tú de eso, Sally? Las dos puertas de Sally se abrieron y se cerraron con un chasquido amortiguado. – ¿Qué significa eso? –preguntó Gellhorn. –Es la forma que tiene Sally de echarse a reír. Gellhorn forzó una sonrisa. Supongo que pensó que estaba haciendo un chiste fácil. Dijo: –Hablemos seriamente, Jake. Los coches están hechos para ser conducidos. Probablemente no serán felices si nadie los conduce. –Sally no ha sido conducida desde hace cinco años –dije yo–. A mí me parece feliz. –Permítame dudarlo. Se puso en pie y caminó lentamente hacia Sally. –Hola, Sally. ¿Qué te parecería una carrera? El motor de Sally aumentó sus revoluciones. Retrocedió. –No la incordie, señor Gellhorn –dije–. Puede ponerse un poco nerviosa. Dos sedanes estaban a un centenar de metros carretera arriba. Se habían detenido. Quizá, a su manera, estaban observando. No me preocupaba por ellos. Mis ojos estaban clavados en Sally. –Tranquila, Sally –dijo Gellhorn. Adelantó una mano y pulsó la manija de la puerta. Que no se abrió, por supuesto–. Se abrió hace un minuto –dijo. –Cerradura automática –dije yo–. ¿Sabe?, Sally tiene un sentido de la intimidad muy desarrollado. Soltó la manija, luego dijo, lenta y deliberadamente: –Un coche con ese sentido de la intimidad no debería pasearse con la capota bajada. Retrocedió tres o cuatro pasos, luego, rápidamente, tan rápidamente que ni siquiera pude dar un paso para detenerle, corrió hacia delante y saltó dentro del coche. Cogió a Sally completamente por sorpresa, porque, apenas se sentó, cortó el contacto antes de que ella pudiera bloquearlo. Por primera vez en cinco años, el motor de Sally estaba parado. Creo que grité, pero Gellhorn había girado el mando a «Manual» y lo había fijado allí. Puso de nuevo en marcha el motor. Sally estaba viva de nuevo, pero ya no poseía libertad de acción. Se dirigió carretera arriba. Los sedanes seguían todavía allí. Se dieron la vuelta y se apartaron, no muy rápidamente. Supongo que se sentían desconcertados. Uno de ellos era Giuseppe, de la fábrica de Milán, y el otro era Stephen. Siempre estaban juntos. Los dos eran nuevos en la Granja, pero llevaban allí el tiempo suficiente como para saber que nuestros coches simplemente no llevaban conductores. Gellhorn avanzó a toda marcha, y cuando los sedanes se dieron cuenta finalmente de que Sally no iba a disminuir su velocidad, de que no podía disminuir su velocidad, era demasiado tarde para cualquier otra cosa excepto una acción desesperada. La efectuaron, saltando uno hacia cada lado, y Sally pasó a toda velocidad entre ellos como un rayo. Steve atravesó la verja que rodeaba el lago y consiguió detenerse en la blanda hierba a no más de quince centímetros del borde del agua. Giuseppe dio unos cuantos botes por la cuneta al otro lado y se detuvo con un sobresalto. Había hecho que Steve volviera a la carretera, y estaba comprobando los daños que la verja podía haberle ocasionado, cuando volvió Gellhorn. Abrió la portezuela de Sally y salió. Inclinándose hacia atrás, cortó el encendido por segunda vez.

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–Ya está –dijo–. Creo que esto le habrá hecho mucho bien. Dominé mi irritación. – ¿Por qué se lanzó por entre los sedanes? No había ninguna razón para ello. –Esperaba que se apartarían. –Eso es lo que hicieron. Uno de ellos atravesó la verja. –Lo siento, Jake –dijo–. Pensé que se apartarían más rápido. Ya sabe cómo son las cosas. He estado en muchos autobuses, pero he entrado en un automático particular tan sólo dos o tres veces en mi vida, y ésta es la primera vez que conduzco uno. Eso se lo dice todo, Jake. El conducir uno me dominó, y eso que soy un tipo más bien impasible. Se lo aseguro, no tenemos que bajar más de un veinte por ciento del precio de tarifa para conseguir un buen mercado, y conseguiremos unos beneficios de un noventa por ciento. – ¿Qué partiríamos? –Al cincuenta por ciento. Y yo corro todos los riesgos, recuérdelo. –De acuerdo. Ya le he escuchado. Ahora escúcheme usted a mí. –Alcé la voz debido a que estaba demasiado irritado para seguir mostrándome educado–. Cuando usted cortó el motor de Sally, le dolió. ¿Le gustaría a usted que le hicieran perder el conocimiento de una patada? Eso es lo que le hizo usted a Sally, cuando cortó su motor. –Vamos, Jake, está usted exagerando. Los automatobuses son desconectados cada noche. –Seguro, y es por eso por lo que no quiero a ninguno de mis chicos y chicas en sus hermosas carrocerías del cincuenta y siete, donde no sé qué trato van a recibir. Los buses necesitan reparaciones importantes en sus circuitos positrónicos cada par de años. Al viejo Matthew no le han tocado sus circuitos desde hace veinte años. ¿Qué puede ofrecer usted en comparación a eso? –Bueno, ahora está usted excitado. Supongamos que piensa en mi proposición cuando se haya calmado un poco, y nos mantenemos en contacto. –Ya he pensado en todo lo que tenía que pensar. Si vuelvo a verle de nuevo, llamaré a la policía. Su boca se hizo dura y fea. –Espere un minuto, viejo –dijo. –Espere un minuto, usted –repliqué– Esta es una propiedad privada, y le ordeno que salga de ella. Se alzó de hombros. –Está bien, entonces adiós. –La señora Hester se ocupará de que abandone usted la propiedad –dije– Procure que este adiós sea definitivo. Pero no fue definitivo. Lo vi de nuevo dos días más tarde. Dos días y medio, mejor dicho, porque era cerca del mediodía cuando lo vi la primera vez, y era poco después de medianoche cuando lo vi de nuevo. Me senté en la cama cuando encendió la luz, y parpadeé cegado antes de darme exactamente cuenta de lo que sucedía. Cuando pude ver, no necesité muchas explicaciones. De hecho, no necesité ninguna explicación en absoluto. Llevaba una pistola en su puño derecho, con el pequeño y horrible cañón de agujas apenas visible entre dos de sus dedos. Supe que todo lo que tenía que hacer el hombre era incrementar la presión de su mano para dejarme como un colador. –Vístase, Jake –ordenó. No me moví. Simplemente lo miré. –Mire, Jake, conozco la situación –dijo–. Le visité hace dos días, recuérdelo. No tiene guardias en este lugar, ni verjas electrificadas, ni sistemas de alarma. Nada. –No los necesito –dije–. De modo que no hay nada que le impida marcharse, señor Gellhorn. Yo, si fuera usted, lo haría. Este lugar puede convertirse en algo muy peligroso. Dejó escapar una risita. –Lo es, para alguien en el lado malo de una pistola de puño –La he visto –dije–. Sé que tiene una. –Entonces muévase. Mis hombres están aguardando. –No, señor Gellhorn. No hasta que me diga qué es lo que desea, y probablemente tampoco entonces.

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–Le hice una proposición anteayer. –La respuesta sigue siendo no. –Ahora tengo algo que añadir a la proposición. He venido aquí con algunos hombres y un automatobús. Tiene usted la posibilidad de venir conmigo y desconectar veinticinco de los motores positrónicos. No me importa cuáles veinticinco elija. Los cargaremos en el bus y nos los llevaremos. Una vez hayamos dispuesto de ellos, haré que reciba usted una parte equitativa del dinero. Dijo: –Supongo que tengo su palabra al respecto. No actuó como si pensara que yo estaba siendo sarcástico. –La tiene. –No –repetí. –Si insiste usted en seguir diciendo no, lo haremos a nuestra manera. Yo mismo desconectaré los motores, sólo que desconectaré los cincuenta y uno. Todos ellos. –No es fácil desconectar motores positrónicos, señor Gellhorn. ¿Es usted un experto en robótica? Aunque lo sea, sepa que esos motores han sido modificados por mí. –Sé eso, Jake. Y para ser sincero, no soy un experto. Puede que estropee algunos motores intentando sacarlos. Es por eso por lo que tendré que trabajar sobre todos los cincuenta y uno si usted no coopera. Entienda, puede que me quede sólo con veinticinco una vez haya terminado. Los primeros que saque probablemente serán los que más sufran. Hasta que le coja la mano, ¿entiende? Y si tengo que hacerlo por mí mismo, creo que voy a poner a Sally como la primera de la lista. –No puedo creer que esté hablando usted en serio, señor Gellhorn. –Completamente en serio, Jake –dijo. Permitió que sus palabras fueran rezumando en mi interior–. Si desea ayudar, puede quedarse con Sally. De otro modo, lo más probable es que ella resulte seriamente dañada. Lo siento. –Iré con usted –dije–, pero voy a hacerle otra advertencia. Va a verse metido en serios problemas, señor Gellhorn. Consideró aquello como muy divertido. Estaba riendo muy suavemente mientras bajábamos juntos la escalera.
Había un automatobús aguardando fuera, en el sendero que conducía a los apartamentos del garaje. Las sombras de tres hombres se alzaban a su lado, y los haces de sus linternas se encendieron cuando nos acercamos. –Tengo al tipo –dijo Gellhorn en voz baja–––. Vamos. Subid el camión hasta arriba y empecemos. Uno de los otros se metió en la cabina del vehículo, y tecleó las instrucciones adecuadas en el panel de control. Avanzamos sendero arriba, con el bus siguiéndonos sumisamente. –No podrá entrar en el garaje –dije–. La puerta no lo admitirá. No tenemos buses aquí. Sólo coches particulares. –De acuerdo –dijo Gellhorn–. Llevadlo sobre la hierba y mantenedlo fuera de la vista. Pude oír el zumbido de los coches cuando nos hallábamos aún a diez metros del garaje. Normalmente se tranquilizaban cuando yo entraba en el garaje. Esta vez no lo hicieron. Creo que sabían que había desconocidos conmigo, y cuando los rostros de Gellhorn y los demás se hicieron visibles su ruido aumentó. Cada motor era un suave retumbar, y todos tosían irregularmente, hasta el punto de que todo el lugar vibraba. Las luces se encendieron automáticamente cuando entramos. Gellhorn no parecía preocupado por el ruido de los coches, pero los tres hombres que iban con él parecieron sorprendidos e incómodos. Todos ellos tenían aspecto de malhechores a sueldo, un aspecto que no era el conjunto de unos rasgos físicos sino más bien una especie de cautela en la mirada y una intimidación en su rostro. Conocía el tipo, y no me sentía preocupado. Uno de ellos dijo:

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–Maldita sea, están quemando gasolina. –Mis coches siempre lo hacen –respondí rígidamente. –No esta noche –dijo Gellhorn–. Apáguelos. –Eso no es tan fácil, señor Gellhorn –dije. – ¡Hágalo! –gritó. Me quedé plantado allí. Tenía su pistola de puño apuntada directamente hacia mí. Dije: –Ya le he explicado, señor Gellhorn, que mis coches han sido bien tratados desde que llegaron a la Granja. Están acostumbrados a ser tratados de esa forma, y se resienten ante cualquier otra actitud. –Tiene usted un minuto –dijo–. Guarde sus conferencias para otra ocasión. –Estoy intentando explicarle algo. Estoy intentando explicarle que mis coches comprenden lo que yo les digo. Un motor positrónico aprende a hacerlo, con tiempo y paciencia. Mis coches han aprendido. Sally comprendió sus proposiciones hace dos días. Recordará usted que se echó a reír cuando le pedí su opinión. Sabe también lo que usted le hizo a ella y a los dos sedanes a los que apartó de aquella forma. Y los demás saben qué hacer respecto a los intrusos en general. –Mire, viejo chiflado... –Todo lo que yo tengo que decir es... –Alcé mi voz–: ¡Cogedlos! Uno de los hombres se puso pálido y chilló, pero su voz se vio completamente ahogada por el sonido de cincuenta y una bocinas resonando a la vez. Mantuvieron su intensidad de sonido, y dentro de las cuatro paredes del garaje los ecos se convirtieron en una loca llamada metálica. Dos coches avanzaron, sin apresurarse, pero sin error posible respecto a su blanco. Otros dos coches se colocaron en línea con los dos primeros. Todos los coches estaban agitándose en sus compartimientos separados. Los malhechores miraron a su alrededor, luego retrocedieron. – ¡No se coloquen contra las paredes! –grité. Aparentemente, aquel había sido su primer pensamiento instintivo. Echaron a correr alocados hacia la puerta del garaje. En la puerta, uno de los hombres de Gellhorn se volvió y sacó una pistola de puño. El proyectil aguja dejó tras de sí un delgado resplandor azul mientras avanzaba hacia el primer coche. El coche era Giuseppe. Una delgada línea de pintura saltó de la capota de Giuseppe, y la mitad derecha de su parabrisas se cuarteó y se cubrió de líneas blancas, pero no llegó a romperse totalmente. Los hombres estaban al otro lado de la puerta, corriendo, y los coches se lanzaron a la noche en grupos de a dos tras ellos, haciendo chirriar sus neumáticos sobre la grava y llamando con sus bocinas a la carga. Sujeté con mi mano el codo de Gellhorn, pero no creo que pudiera moverse de todos modos. Sus labios estaban temblando. –Por eso no necesito verjas electrificadas ni guardias –dije–. Mi propiedad se protege a sí misma. Los ojos de Gellhorn iban fascinados de un lado a otro, siguiendo a los coches que zumbaban en parejas. – ¡Son asesinos! –No sea estúpido. No van a matar a sus hombres. – ¡Son asesinos! –Simplemente van a darles una lección. Mis coches han sido entrenados especialmente en persecuciones a través del campo para una ocasión como ésta; creo que para sus hombres eso va a ser algo mucho peor que una muerte rápida. ¿Ha sido perseguido usted alguna vez por un automatóvil? Gellhorn no respondió. Proseguí. No deseaba que él se perdiera nada de todo aquello. –Serán como sombras que no van a ir más rápidas que sus hombres, persiguiéndoles por aquí, bloqueando su paso por allá, cegándoles, lanzándose contra ellos, esquivándoles en el último minuto con un chirrido de los frenos y un rugido del motor. Y seguirán con eso hasta que sus hombres caigan, sin aliento y medio muertos, resignados a que las ruedas pasen por encima de ellos y aplasten todos sus huesos. Los coches no van a hacer eso. Entonces se darán la vuelta. Puede apostar, sin embargo, a que sus hombres

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jamás volverán aquí en toda su vida. Ni por todo el dinero que usted o diez como usted puedan ofrecerles. Escuche... Apreté más fuerte su codo. Tendió el oído. –¿No oye resonar las portezuelas de los coches? –pregunté. Era un ruido débil y distante, pero inconfundible. –Están riéndose –dije–. Están disfrutando con esto. Su rostro se contorsionó, rabioso. Alzó su mano. Seguía sujetando su pistola de puño. –Yo de usted no lo haría –le advertí–––. Un automatocoche sigue aún con nosotros. No creo que se hubiera dado cuenta de la presencia de Sally hasta entonces. Había acudido tan silenciosamente. Aunque su guardabarros delantero derecho casi me rozaba, apenas oía su motor. Debía de haber estado conteniendo el aliento. Gellhorn gritó. –No va a tocarle, mientras yo esté con usted. Pero si me mata... Ya sabe, usted no le gusta nada a Sally. Gellhorn volvió la pistola en dirección a Sally. –Su motor es blindado –dije–, y antes de que pueda presionar su pistola una segunda vez, ella estará sobre usted. –De acuerdo –exclamó, y bruscamente dobló mi brazo violentamente tras mi espalda y lo retorció de tal forma que a duras penas pude resistirlo. Me sujetó manteniéndome entre Sally y él, y su presión no se aflojó–. Retroceda conmigo y no intente soltarse, viejo chiflado, o le arrancaré el brazo de su articulación. Tuve que moverme. Sally avanzó junto a nosotros, preocupada, insegura acerca de lo que debía hacer. Intenté decirle algo y no pude. Sólo podía encajar los dientes y gemir. El automatobús de Gellhorn estaba todavía aguardando fuera del garaje. Me obligó a entrar en él. Gellhorn saltó detrás de mí y cerró las puertas. –Muy bien –dijo–. Ahora hablemos juiciosamente. Yo estaba frotándome el brazo, intentando devolverlo a la vida, mientras estudiaba automáticamente y sin ningún esfuerzo consciente el tablero de control del bus. –Es un vehículo restaurado –observé. –¿Ah, sí? –dijo, cáustico–. Es una muestra de mi trabajo. Recogí un chasis desechado, encontré un cerebro que podía utilizar, y me monté un bus particular. ¿Qué hay con ello? Tiré del panel de reparaciones y lo eché a un lado. –¿Qué demonios? –exclamó–. Apártese de ahí. El filo de su mano descendió paralizadoramente sobre mi hombro izquierdo. Me debatí. –No deseo hacerle ningún daño a este bus. ¿Qué clase de persona cree que soy? Solamente quería echarle una mirada a algunas de las conexiones del motor. No necesité examinarlas detenidamente. Estaba hirviendo de furia cuando me volví hacia él. –Es usted un maldito hijoputa –dije–. No tenía derecho a instalar usted mismo este motor. ¿Por qué no se buscó a un robotista? –¿Cree que estoy loco? –preguntó. –Aunque fuera un motor robado, no tenía usted derecho a tratarlo así. Yo jamás trataría a un hombre de la forma en que ha tratado usted a ese motor. ¡Soldadura, cinta y pinzas cocodrilo! ¡Es brutal! –Funciona, ¿no? –Por supuesto que funciona, pero tiene que ser un infierno para él. Usted puede vivir con dolores de cabeza crónicos y artritis aguda, pero no será algo que pueda llamarse vivir. Este vehículo está sufriendo. –¡Cállese! –Por un momento miró a través de la ventanilla a Sally, que había avanzado hasta tan cerca del bus como había podido. Se aseguró de que portezuelas y ventanillas estaban cerradas–. Ahora vamos a salir de aquí, antes de que vuelvan los otros coches –dijo– Y nos mantendremos alejados un cierto tiempo. –¿Cree que eso va a servirle de mucho? –Sus coches agotarán el combustible algún día, ¿no? Supongo que no los habrá transformado usted hasta el punto que puedan reabastecerse por sí mismos. Entonces volveremos y terminaremos el trabajo.

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–Me buscarán –dije–. La señora Hester llamará a la policía. Ya no se podía razonar con él. Se limitó a conectar el motor del bus. Se puso en marcha bruscamente. Sally lo siguió. Gellhorn lanzó una risita. –¿Qué puede hacer mientras esté usted aquí conmigo? Sally también parecía ser consciente de aquello. Aceleró, nos adelantó y desapareció. Gellhorn abrió la ventanilla contigua a él y escupió por la abertura. El bus avanzaba traqueteante por la oscura carretera, con su motor rateando irregularmente. Gellhorn redujo el alumbrado periférico hasta que solamente la banda fosforescente verde en centro de la carretera, brillante a la luz de la luna, nos mantenía alejados de los árboles. No había virtualmente ningún tráfico. Dos coches nos cruzaron yendo en la otra dirección, y no había nadie en nuestro lado de la carretera, ni delante ni detrás. Yo fui el primero en oír el golpetear de las portezuelas. Seco y cortante en medio del silencio, primero a la derecha, luego a la izquierda. Las manos de Gellhorn se estremecieron mientras tecleaba rápidamente, ordenando mayor velocidad. Un haz de luz brotó de entre un grupo de árboles y nos cegó, otro haz nos ensartó desde atrás, al otro lado de una protección metálica en la otra parte de la carretera. En un cruce, a cuatrocientos metros al frente, hubo un fuerte chirriar cuando un coche se cruzó en nuestro camino. –Sally fue a buscar a los demás –dije–. Creo que está usted rodeado. –¿Y qué? ¿Qué es lo que pueden hacer? Se inclinó sobre los controles y miró a través del parabrisas. –Y usted no intente hacer nada, viejo chiflado –murmuró. No podía. Me sentía agotado hasta la médula. Mi brazo izquierdo ardía. Los sonidos de motores se hicieron más fuertes y cercanos. Pude oír que los motores rateaban de una forma extrañamente curiosa; de pronto tuve la impresión de que mis coches estaban hablando entre sí. Una cacofonía de bocinas brotó desde atrás. Me volví, y Gellhorn miró rápidamente por el retrovisor. Una docena de coches estaban siguiéndonos sobre los dos carriles. Gellhorn lanzó una exclamación y una loca risotada. –¡Pare! ¡Pare el vehículo! –grité. Porque a menos de quinientos metros delante de nosotros, claramente visible a la luz de los faros de dos sedanes en la cuneta, estaba Sally, con su esbelta carrocería atravesada en medio de la carretera. Dos coches surgieron del arcén del otro lado a nuestra izquierda, manteniendo una perfecta sincronización con nuestra velocidad e impidiendo a Gellhorn salirse de su carril. Pero él no tenía intención de salirse de su carril. Pulsó el botón de adelante a toda velocidad, y lo mantuvo fuertemente apretado. –No va a engañarme con ese truco –dijo–. Este bus pesa cinco veces más que ella, viejo chalado, de modo que simplemente vamos a echarla fuera de la carretera como un gatito muerto. Sabía que podía hacerlo. El bus estaba en manual, y el dedo de Gellhorn apretaba fuertemente el botón. Sabía que iba a hacerlo. Bajé la ventanilla, y asomé la cabeza. –¡Sally! –grité– ¡Sal del camino! ¡Sally! Mi voz se ahogó en el agónico chirrido de unos tambores de freno espantosamente maltratados. Me sentí arrojado hacia delante, y oí a Gellhorn soltar el aliento en un jadeo. –¿Qué ha ocurrido? –pregunté. Era una pregunta estúpida. Nos habíamos detenido. Eso era lo que había ocurrido. Sally y el bus estaban a metro y medio de distancia el uno del otro. Con cinco veces su peso lanzado contra ella, no se había movido ni un milímetro. Vaya valor. Gellhorn zarandeó violentamente el interruptor de manual. –Tiene que funcionar –murmuraba una y otra vez–. Tiene que funcionar.

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–No de la forma en que conectó usted el motor, experto –dije– Cualquiera de los circuitos puede pasar por encima de los demás. Me miró con una desgarrante ira, y un gruñido brotó de lo más profundo de su garganta. Su pelo estaba pegado a su frente. Alzó el puño. –Éste es el último consejo que va a ser capaz de dar, viejo chiflado. Y supe que la pistola de agujas estaba a punto de ser disparada. Apreté la espalda contra la portezuela del bus mientras observaba alzarse el puño, y entonces la portezuela se abrió y caí hacia atrás fuera del vehículo y golpeé el suelo con un sordo resonar. Oí la puerta cerrarse de nuevo con un chasquido. Me puse de rodillas y alcé la vista a tiempo para ver a Gellhorn luchar fútilmente contra la ventanilla que se estaba cerrando, luego apuntar rápidamente su pistola de puño hacia el cristal. Nunca llegó a disparar. El bus se puso en marcha con un tremendo rugir y Gellhorn se vio lanzado hacia atrás. Sally ya no estaba bloqueando el camino, y observé las luces traseras del bus alejarse por la carretera hasta perderse de vista. Me sentía agotado. Me senté allí, en medio de la carretera, y apoyé  la cabeza sobre mis brazos cruzados, intentando recuperar el aliento. Oí un coche detenerse suavemente a mi lado. Cuando alcé la vista, comprobé que era Sally. Lentamente –cariñosamente, me atrevería a decir–, su puerta delantera se abrió. Nadie había conducido a Sally desde hacía cinco años –excepto Gellhorn, por supuesto–, y yo sabía lo valiosa que era para un coche esta libertad. Aprecié el gesto, pero dije: –Gracias, Sally, tomaré uno de los coches más nuevos.. Me puse en pie y me di la vuelta, pero diestramente, casi haciendo una pirueta, ella se colocó de nuevo ante mí. No podía herir sus sentimientos. Subí. Su asiento delantero tenía el delicado y suave aroma de un automatóvil que se mantiene siempre inmaculadamente limpio. Me dejé caer en él, agradecido, y con una suave, silenciosa y rápida eficiencia, mis chicos y chicas me condujeron a casa.
La señora Hester me trajo una copia de la comunicación radiofónica al día siguiente por la mañana, presa de gran excitación. –Se trata del señor Gellhorn –dijo–. El hombre que vino a verle. Temí su respuesta. –¿Qué ocurre con él? –Lo encontraron muerto –dijo–. Imagine. Simplemente muerto, tendido en una zanja. –Puede que se tratara de algún desconocido –murmuré. –Raymond J. Gellhorn –dijo secamente–. No puede haber dos, ¿verdad? La descripción concuerda también. ¡Señor, vaya forma de morir! Encontraron huellas de neumáticos en sus brazos y cuerpo. ¡Imagine! Me alegra que comprobaran que había sido un bus; de otro modo igual hubieran venido a fisgonear por aquí. –¿Ocurrió cerca de aquí? –pregunté ansiosamente. –No... Cerca de Cooksville. Pero Dios mío, léalo usted mismo ¿Qué le ha ocurrido a Giuseppe? Di la bienvenida a aquella diversión. Giuseppe aguardaba pacientemente a que yo terminara el trabajo de reparación de su pintura. Su parabrisas ya había sido reemplazado. Después de que ella se fuera, tomé la trascripción. No había ninguna duda al respecto. El doctor había informado que la víctima había corrido mucho y estaba en un estado de agotamiento total. Me pregunté durante cuántos kilómetros habría estado jugando con él el bus antes de la embestida final. La trascripción no mencionaba nada de eso, por supuesto. Habían localizado al bus, y habían identificado las huellas de los neumáticos. La policía lo había retenido y estaba intentando averiguar quién era su propietario.

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Había un editorial al respecto en la trascripción. Se trataba del primer accidente de tráfico con víctimas en el estado aquel año, y el editorial advertía seriamente en contra de conducir manualmente después del anochecer. No había ninguna mención de los tres compinches de Gellhorn, y al menos me sentí agradecido por ello. Ninguno de nuestros coches se había visto seducido por el placer de la caza a muerte. Aquello era todo. Dejé caer el papel. Gellhorn había sido un criminal. La forma en que había tratado al bus había sido brutal. No dudaba en absoluto de que merecía la muerte. Pero me sentía un poco intranquilo por la forma en que había ocurrido todo. Ahora ha pasado un mes, y no puedo apartar nada de aquello de mi mente. Mis coches hablan entre sí. Ya no tengo ninguna duda al respecto. Es como si hubieran adquirido confianza; como si ya no les importara seguir manteniendo el secreto. Sus motores tartajean y resuenan constantemente. Y no sólo hablan entre ellos. Hablan con los coches y buses que vienen a la Granja por asuntos de negocios. ¿Durante cuánto tiempo llevan haciendo eso? Y son comprendidos también. El bus de Gellhorn los comprendió, pese a que no llevaba allí más de una hora. Puedo cerrar los ojos y revivir aquella carrera, con nuestros coches flanqueando al bus por ambos lados, haciendo resonar sus motores hasta que él comprendió, se detuvo, me dejó salir, y se marchó con Gellhorn. ¿Le dijeron mis coches que matara a Gellhorn? ¿O fue idea suya? ¿Pueden los coches tener ese tipo de ideas? Los diseñadores motores dicen que no. Pero ellos se refieren a condiciones normales. ¿Lo han previsto todo? Hay coches que son maltratados, todos lo sabemos. Algunos de ellos entran en la Granja y observan. Les cuentan cosas. Descubren que existen coches cuyos motores nunca son parados, que no son conducidos por nadie, cuyas necesidades son constantemente satisfechas. Luego quizá salgan y se lo cuenten a otros. Tal vez la noticia se esté difundiendo rápidamente. Quizás estén empezando a pensar que la forma en que son tratados en la Granja es como deberían ser tratados en todo el mundo. No comprenden. Uno no puede esperar que comprendan acerca de legados y de los caprichos de los hombres ricos. Hay millones de automatóviles en la Tierra, decenas de millones. Si se enraíza en ellos el pensamiento de que son esclavos, que deberían hacer algo al respecto... Si empiezan a pensar de la forma en que lo hizo el bus de Gellhorn Quizá nada de esto suceda en mi tiempo. Y luego, aunque ocurra, deberán conservar pese a todo a algunos de nosotros que cuidemos de ellos, ¿no creen? No pueden matarnos a todos. O quizá sí. Es posible que no comprendan la necesidad de la existencia de alguien que cuide de ellos. Quizá no vayan a esperar. Cada mañana me despierto, y pienso: Quizá hoy... Ya no obtengo tanto placer de mis coches como antes. Últimamente, me doy cuenta de que empiezo incluso a rehuir a Sally.
(Autor: Isaac Asimov)